Crónica de viaje.
Recuerdos de
Montevideo.
En Agosto de 2014
tuve la hermosa oportunidad de viajar a la capital uruguaya y residir allí hasta
fines de Diciembre. Al llegar a la terminal Tres Cruces recuerdo haber
descendido del colectivo y lo primero que hice fue acercarme a un hombre
encargado de descargar las maletas. Con él intercambié algunas palabras y luego
le pedí me indicara dónde podía cambiar los pesos argentinos que llevaba
conmigo. Muy atento, dado su trato cotidiano con los turistas que arriban a la
terminal, él mismo hizo el cambio dándome algún dinero para poder al menos
tomar un taxi y dirigirme al hotel. Leves detalles, como por ejemplo el tabique
divisor entre el chofer y el cliente al tomar el taxi, alteraban mi atención
haciéndome descubrir, a medida que avanzaba, una ciudad con muchos parecidos a
Rosario pero con una singularidad encantadora. Mis ojos parecían no poder
saciarse: una y otra vez dirigí la mirada más allá de la ventana del taxi,
absorto por la fisonomía urbana que se desplegaba ante mí por doquier, como si
de una película que se proyectara hacia dentro mío se tratase. Detrás de la
superficie latía un exotismo que me mantenía en el asombro. Tras descender del
taxi en la Avenida 18 de Julio, crucé Plaza Cagancha en dirección al Hotel
Austral donde conseguí alojarme a un precio accesible mientras buscaba una
Residencia donde hospedarme a lo largo de toda mi visita. Ayudado por mi
celular y las orientaciones que me daban los oriundos logré recorrer un
improvisado camino que me derivó en la Casona de Palermo. Recuerdo cómo me
impresiono sobremanera cuando, al momento de atravesar un cruce peatonal, un
auto, que transitaba a gran velocidad, se detuvo repentinamente ante mí,
abruptamente. Atónito permanecí en esos instantes en que la mirada del
conductor se encontró con la mía hasta que un gesto de vaivén con la mano
izquierda me indicó que estaba cediéndome el paso. Un gesto de respeto cívico y
humano al que no estaba acostumbrado y que, aun sin saberlo, sería
característico en todos los uruguayos que conocí.
Al día siguiente,
regresé a la Residencia sólo que esta vez fue para asentarme allí. Hice muchos
amigos con quienes decidimos recorrer la ciudad. Comenzamos por la Rambla. Ésta
se despliega a lo largo de la costa y cuenta con una extensión mayor a los 18
km. Si se toleran los fuertes vientos que habitualmente azotan al sector
costero, la vista que ofrece es irreemplazable y, por ello, imperdible. En
varias oportunidades hemos aprovechado la Rambla como ruta de entrenamiento, a
pie o en bicicleta, pero también como lugar de reunión y encuentro. Siguiendo
la Rambla en su sentido Oeste-Este nos detuvimos a tomarnos fotos junto a un
gran montaje formado por letras gigantes que, unidas, forman la palabra
MONTEVIDEO.
Fuente de la imagen: Aquí
En otra ocasión fuimos
a conocer el Parque Enrique Rodó, de dimensiones generosas y bellos lagos y
fuentes. En sus cercanías hallamos el Anfiteatro, lugar de presentaciones de
diversos artistas con espacio para una convocatoria amplia.
Cierta
noche optamos por recorrer de otro modo la ciudad. La Noche de los Museos es
una noche en que uno puede visitar gratuitamente los museos de la ciudad y, para
favorecer tal iniciativa, están a disposición de la población sendas líneas de
colectivos que gratuitamente recorren un trayecto que pasa por todos los museos
de la ciudad...
Al ver esta
foto, que tomé por las calles de la ciudad, recuerdo cuánto disfrutaba al
recorrer, cada día improvisando un nuevo recorrido, descubriendo la ciudad a
pie, chocándome con su gente e impregnándome de su ritmo, a través de sus
calles irregulares y sus casitas pintorescas. Por ello es que la elegí. No se
trata de lo mucho o poco que muestra de la ciudad, sino de lo que me sugiere e
intento sugerir: en ella está el camino que aún puede ser recorrido si, por un
instante, nos disponemos y lo actualizamos, desde la perspectiva del cronista.

